España afronta un escenario de creciente preocupación ambiental tras los resultados obtenidos en dos áreas clave: L’Albufera de Valencia y varios embalses de la cuenca del Guadalquivir. Ambos sistemas están experimentando un aumento continuado de cianobacterias, pérdida de calidad del agua y episodios que ya afectan a la población.
En L’Albufera, uno de los humedales más emblemáticos del Mediterráneo, los niveles de clorofila-a han vuelto a niveles muy elevados, llegando a duplicar los valores registrados hace solo unos años. Las causas apuntan a la acumulación histórica de nutrientes en los sedimentos, al incremento de la temperatura del agua —que ya supera los 32 grados en verano— y al estancamiento asociado a sequías prolongadas. Las cianobacterias Microcystis aeruginosa y Cylindrospermopsis raciborskii dominan el fitoplancton, con presencia de microcistinas durante todo el año y concentraciones que en ocasiones superan los estándares internacionales.
La situación es igualmente preocupante en varios embalses del Guadalquivir. Sierra Boyera, Puente Nuevo, Cala, Melonares y Huesna figuran entre los más afectados por estados tróficos elevados y proliferaciones recurrentes. El caso de Sierra Boyera se convirtió en un problema social en 2023, cuando la sequía dejó el embalse casi seco y obligó a interrumpir el suministro de agua potable a más de 80.000 personas tras detectarse contaminación en el agua procedente de un trasvase de emergencia.
Las investigaciones confirman que la combinación de temperaturas más elevadas, reducción del caudal, aporte de nutrientes procedentes de la agricultura y largos tiempos de retención del agua crea un escenario ideal para las floraciones. Estas tendencias están alineadas con las previsiones científicas que señalan que los lagos y embalses mediterráneos serán especialmente vulnerables al cambio climático en las próximas décadas.
El desafío para España es doble: proteger la salud pública y preservar ecosistemas vitales que ya están al límite de su resiliencia.